En el panorama de la literatura uruguaya contemporánea, la obra de Fabián Severo ocupa un lugar singular. Nacido en Artigas, en plena frontera entre Uruguay y Brasil, su escritura se nutre de esa condición liminal: una geografía donde las lenguas se mezclan, las identidades se superponen y la memoria adquiere una dimensión casi tangible. En Sepultura, novela publicada originalmente en 2020, Severo profundiza en estas preocupaciones y construye un relato donde la palabra se convierte en el puente entre la vida y la muerte.
Desde sus primeras páginas, Sepultura se presenta como una obra atravesada por la oralidad. No es casual: Severo ha desarrollado gran parte de su producción literaria en torno al llamado “español de frontera”, una variante lingüística híbrida que recoge la convivencia entre el español y el portugués. Esta elección no es meramente estética, sino profundamente política y cultural. Escribir en esa lengua implica reivindicar una forma de existencia que históricamente ha sido marginada, invisibilizada o considerada “incorrecta”. En ese sentido, la novela se inscribe en una tradición que busca recuperar las voces de los márgenes.
El punto de partida narrativo remite a una búsqueda: una nieta que llega a un pueblo —Sepultura— siguiendo el rastro de su padre o, más precisamente, de las voces que lo rodearon. Este motivo recuerda, inevitablemente, a ciertas grandes obras de la literatura latinoamericana, donde el regreso al origen desencadena una exploración del pasado y sus fantasmas. Sin embargo, Severo introduce una variación decisiva: en Sepultura, las voces no pertenecen únicamente a los vivos. La frontera entre vida y muerte se vuelve difusa, porosa, como si ambos mundos coexistieran en un mismo plano narrativo. ()
En este sentido, la novela puede leerse como un canto al poder de la palabra. La narración aparece como una forma de resistencia frente al olvido. Contar historias es, en Sepultura, una manera de permanecer. “¿Usted quiere resucitar dentro de cien años?”, pregunta el narrador en un momento clave; la respuesta es sencilla y contundente: hay que contar la propia vida, transmitirla, dejarla en manos de otros. Esta idea articula toda la obra y la convierte en una reflexión profunda sobre la memoria y la transmisión.
Pero Sepultura no es solo una novela sobre la muerte; es, sobre todo, una novela sobre la vida en condiciones de precariedad. Como en otros libros de Severo, los personajes pertenecen a sectores populares, a menudo invisibilizados por los discursos oficiales. Son habitantes de la frontera, marcados por la pobreza, la migración y la incertidumbre. Sin embargo, lejos de caer en una mirada condescendiente o miserabilista, el autor logra dotarlos de una dignidad compleja, hecha de humor, ternura y resistencia.
Uno de los aspectos más destacados de la obra es su construcción del espacio. Sepultura no es únicamente un pueblo; es un territorio simbólico donde se condensan tensiones históricas y culturales. La frontera, en este contexto, no es solo una línea geográfica, sino una experiencia vital. Es el lugar donde se negocian identidades, donde se cruzan lenguas, donde se construyen formas de pertenencia híbridas. Como señala una reseña, la novela trabaja precisamente sobre esos límites que separan —y al mismo tiempo unen— distintos mundos: el de los vivos y los muertos, el de un país y otro, el de la memoria y el presente.
El lenguaje juega un papel central en esta construcción. La prosa de Severo se caracteriza por su musicalidad y su capacidad de condensar imágenes potentes en frases aparentemente sencillas. Hay en su escritura una fuerte impronta poética, heredera de su trayectoria como poeta. Cada escena parece surgir de una sensibilidad que privilegia lo sensorial: los olores, los sonidos, los pequeños gestos cotidianos. Esta atención al detalle contribuye a crear una atmósfera densa, cargada de significados.
Al mismo tiempo, el uso del portuñol —o español de frontera— introduce una dimensión adicional. No se trata solo de reproducir una forma de hablar, sino de construir una estética que desafía las normas lingüísticas establecidas. En un contexto literario donde suele privilegiarse la corrección normativa, la escritura de Severo aparece como un acto de rebeldía. Escribir en una lengua “impura” es, en última instancia, una forma de afirmar la legitimidad de otras experiencias y otros modos de habitar el mundo.
Otro eje fundamental de Sepultura es la relación con el pasado. La novela está atravesada por una sensación de pérdida, de algo que ya no está pero sigue presente de manera espectral. Este sentimiento se expresa tanto en la trama como en la atmósfera general del texto. Sepultura es, en muchos sentidos, un lugar detenido en el tiempo, donde las historias se repiten, se transforman y se transmiten de generación en generación. La memoria, lejos de ser un archivo estático, aparece como un proceso dinámico, siempre en construcción.
En este punto, resulta interesante pensar la novela en relación con la tradición oral. Muchos de los relatos que componen Sepultura parecen haber sido escuchados antes que leídos. Hay en ellos un ritmo, una cadencia, que remite a la narración oral. Esto no es casual: la obra propone, de alguna manera, un retorno a formas de transmisión anteriores a la escritura, o al menos una integración de ambas. La literatura se convierte así en un espacio donde convergen distintas formas de contar.
La dimensión afectiva también ocupa un lugar central. A pesar de la presencia constante de la muerte, Sepultura es una novela profundamente vital. El amor, la amistad, los vínculos familiares aparecen como fuerzas que sostienen a los personajes frente a la adversidad. La frase “la muerte es un día, el amor, todos los días” resume esta perspectiva y ofrece una clave de lectura para toda la obra.
En definitiva, Sepultura es una novela que invita a pensar en la literatura como un espacio de encuentro. Encuentro entre lenguas, entre generaciones, entre vivos y muertos. En un mundo cada vez más homogéneo, donde las diferencias tienden a borrarse, la obra de Fabián Severo reivindica la riqueza de lo diverso, de lo híbrido, de lo fronterizo.
Para el lector, la experiencia de adentrarse en Sepultura puede resultar, en un primer momento, desafiante. El lenguaje, la estructura fragmentaria, la multiplicidad de voces exigen una lectura atenta. Sin embargo, esa misma complejidad es la que convierte a la novela en una obra profundamente estimulante. Cada página abre nuevas preguntas, nuevas interpretaciones, nuevas formas de entender la relación entre la palabra y la vida.
En el catálogo de una librería como Ganesha Libros, apostar por Sepultura implica también apostar por una literatura que no teme explorar los márgenes, que se atreve a experimentar con el lenguaje y que pone en el centro las historias de quienes suelen quedar fuera de los relatos hegemónicos. Es, en definitiva, una invitación a escuchar otras voces, a habitar otros mundos y a reconocer que, en la palabra, siempre late la posibilidad de seguir vivos.