Descripción
Forzados a entrar en el lenguaje, no hacemos más que decir. Las palabras confriman que ahí afuera existe un mundo, una vasta realidad que desborda los alcances de su nominación. ¿Quién no ha sentido que las palabras son insuficientes? ¿Quién no ha hablado por encima -o por debajo- de lo que pretende? ¿Qué hacer con el malestar de esa falta que ataca y constituye el núcleo mismo de nuestra coherencia?
Cardozo empuja aquello de «ser esclavos de nuestras palabras» hacia un límite casi insoportable: el sujeto no es dueño de nada. Ni de lo que dice, ni de lo que calla al decir. Es eñl lenguaje quién dice a través de él, y dice mal.
No hay forma de escapar al melentendido congénito de la comunicación. El deseado encuentro entre el signo y su referente queda reducido a quimera o traumática utopía. Tras la condición de esa necesaria imposibilidad se encuentra, acaso, la verdadera aventura del lenguaje y su deseosa proliferación de sentidos.






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